Podría comenzar este libro, “erase una vez…” pero resultaría un poco como si sonará a cuento, y querido lector esto no es así, lo que a continuación podrá leer es la realidad pura y dura del testimonio de mi vida, por lo que comenzaré con una carta que en un momento muy duro de mi vida, sin saber, ni como, ni porque, en aquel momento yo decidí escribirla, aunque hoy tengo la respuesta y usted mi querido lector a lo largo de estas páginas, también podrá encontrar la razón de dicho escrito.
Bien esta carta fue escrita durante una época en la que después de un tremendo jaleo provocado por mí bajo los efectos del alcohol en mi casa y en contra de mi mujer. Decidieron marcharse a una casa de acogida para mujeres maltratadas y durante ese tiempo mi depresión me llevo a unos tiempos de excitación y angustia que provocaron en mis muchas incógnitas y preguntas que a continuación a través de esta carta podrás leer:
CARTA
21/10/2000
Son casi las dos de la madrugada.
Si me pongo a escribir esto, es porque mi vida está pasando por uno de sus peores momentos, digo uno porque seguro que no ha de ser el último, ¿quién sabe, tal vez tampoco sea uno, sino varios momentos juntos y a la vez?
Hoy lo escribo para mí, pero tal vez y solo tal vez mañana sirva para alguien más. Si esto ocurriese y valiese para mitigar su tristeza, como espero que sirva para mitigar la mía, habrá valido la pena.
Me pregunto: ¿A qué he venido al mundo?, ¿esta Dios conmigo?, ¿es esta su obra? Y muchas preguntas más.
Yo nací un Once de Enero del año 1965.
Dicen que el nacimiento de los hijos es el regocijo de los padres, pero “Yo”; ¿acaso lo fui para los míos?
Veréis digo esto, porque mis padres por ese tiempo habían perdido ya dos partos de gemelas, unas ya no nacieron y las otras, una falleció al poco de nacer y la otra veinticuatro horas más tarde; y yo en aquella noche fría y cortante de aquel Once de Enero (Enero ese mes en el cual se recuerda el nacimiento hace siglos del que iba ser la Esperanza para el mundo “Jesús”), iba ser la desesperanza para mis Padres. Os preguntareis, ¿por qué? Pues bien en aquel momento en que mi madre me dio a Luz, los médicos comunicaron a mis padres que me moría si no se conseguía una transfusión de Sangre, pues había nacido totalmente amoratado y me encontraba en un túnel cuya puerta de salida, se entreabría y se cerraba a una nueva vida, y todo esto para agonía de unos padres que ya habían perdido otros cuatro pequeños y diminutos seres que eran sangre de su sangre y Carne de su Carne, y veían que otra vez volvía a repetirse ese amargor en sus corazones porque podrían perderme a mí también.
¿Acaso no se podía hacer nada por mi?; los médicos les explicaron a mis padres que la Sangre que yo necesitaba no la tenían en el hospital que deberían traerla de otro centro de Santiago de Compostela hasta Ferrol y que no llegaría a tiempo para poder salvar mi vida.
Llamaron a Santiago para decir que iba ser trasladado, y les comunicaron que no se podía ni entrar ni salir del Hospital pues estaba en cuarentena por un brote de viruela, que debían mirar en Coruña.

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